IV Domingo de Pascua A

En este pasaje, Jesús se nos muestra como el Buen Pastor que no abandona a su pueblo, sino que sale a su encuentro y envía también a sus discípulos para llevar paz, consuelo y esperanza; no los manda con seguridades humanas ni con grandes medios, porque quiere que confíen en la fuerza de Dios y no en sí mismos. El Señor sabe que el mundo necesita corazones disponibles, valientes, capaces de entrar en las casas, escuchar, acompañar y sembrar la paz. Este evangelio nos recuerda que todo cristiano está llamado a ser presencia cercana de Cristo en medio de los demás: en la familia, en el trabajo, en la parroquia y en la vida de cada día. Cuando acogemos esta misión con humildad, descubrimos que evangelizar no es imponer, sino ofrecer el amor de Dios con gestos concretos, con palabras sencillas y con una vida que transmita serenidad, confianza y misericordia.






