Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, A

Hay oportunidades que no queremos dejar pasar: un encuentro esperado, un abrazo pendiente, una palabra que necesitamos escuchar… Jesús nos habla hoy de diez jóvenes que esperan la llegada del esposo, pero solo cinco han preparado sus lámparas para cuando llegue. Y es que la vida también está hecha de esperas, de momentos en los que parece que nada sucede y es fácil cansarse, distraerse o perder la ilusión. Con esta parábola, Jesús nos recuerda que la fe no consiste solo en esperar a Dios, sino en aprender a vivir cada día con el corazón dispuesto a recibirlo. El aceite de nuestras lámparas nos invita a pensar en ese amor que se alimenta con la oración, la confianza y los pequeños gestos de cada día: perdonar, acompañar, escuchar, ayudar a quien nos necesita. No sabemos cuándo llegará el momento de encontrarnos definitivamente con el Señor, pero sí sabemos que podemos encontrarnos con Él hoy, en las personas y situaciones que forman parte de nuestra vida. No se trata de vivir con miedo a que la puerta se cierre, sino con la alegría de saber que Alguien nos espera al otro lado. Que las prisas, las preocupaciones o la rutina no apaguen lo más hermoso que llevamos dentro. Porque mantener encendida la lámpara es, en el fondo, mantener vivo el amor.






