Domingo XXIV del Tiempo Ordinario A

Pedro pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar, y Jesús le responde que no ponga límites al perdón. No porque el mal no duela, ni porque perdonar sea olvidar o hacer como si nada hubiera ocurrido, sino porque quien ha experimentado de verdad la misericordia de Dios aprende poco a poco a mirar a los demás de otra manera. La parábola del siervo perdonado nos recuerda algo decisivo: todos vivimos de un amor que no hemos merecido, de una deuda que Dios ha querido cancelar gratuitamente. Por eso, el perdón cristiano nace primero de sentirse perdonado. A veces guardar rencor parece protegernos, pero termina encerrándonos en la herida; perdonar, en cambio, puede ser un camino lento y difícil, pero abre una puerta a la libertad y a la paz. Jesús nos invita hoy a no llevar la cuenta de las ofensas, sino a recordar cuántas veces Dios ha tenido paciencia con nosotros, cuántas veces nos ha levantado y ha vuelto a confiar. Quizá no podamos cambiar lo que nos hicieron, pero sí podemos impedir que aquella herida tenga la última palabra sobre nuestra vida. El corazón que se deja alcanzar por la misericordia de Dios puede comenzar de nuevo y, con su gracia, convertirse también en lugar de misericordia para los demás.







