Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario A

Dios no se cansa de invitarnos. El Evangelio de este domingo nos presenta una boda, una mesa preparada y una invitación abierta, pero también nos recuerda que podemos estar tan ocupados con nuestras cosas que terminemos dejando pasar lo verdaderamente importante. Dios nos llama a compartir su vida, su alegría, su amor, y lo hace una y otra vez, incluso cuando nosotros respondemos con indiferencia. Pero aceptar su invitación no consiste simplemente en “estar” cerca de Él: significa dejar que su amor nos cambie por dentro, revestir nuestra vida de misericordia, de perdón, de entrega y de una fe que se traduzca en obras. La buena noticia es que en el banquete de Dios hay sitio para todos; nadie queda excluido de antemano. La pregunta es si estamos dispuestos a entrar de verdad, a dejar atrás nuestras excusas y a vivir como quien ha descubierto que ha sido invitado a algo inmensamente grande: una vida nueva con Dios y con los demás.






